Vivimos en un imperio

Proponemos el concepto de Imperio para designar el dispositivo global contemporáneo. El Imperio designa ante todo la nueva forma de soberanía que sucedió a la soberanía estatal: una nueva forma de soberanía ilimitada, que ya no cono- ce fronteras o más bien que sólo conoce fronteras flexibles y móviles. Retomamos el concepto de Imperio de la antigua configuración romana en la cual se suponía que el imperio era una forma superadora de las tres formas de gobierno –monarquía, aristocracia y democracia- combinándolas en una sola dirección soberana unificada. De hecho nuestro Imperio contemporáneo es monárquico. Esto es evidente en las fases de conflicto militar en las cuales puede constatarse has- ta qué punto el Pentágono, con su arsenal atómico y su superioridad tecnológica, puede efectivamente dominar el mundo.

Las instituciones económicas supranacionales, como la OMC, el Banco Mundial o el FMI, ejercen también a veces una dominación de tipo monárquica sobre los asuntos globales. Nuestro Imperio es también aristocrático; dicho de otra forma dirigido por una élite limitada de actores. Aquí el rol de los Estados-nación sigue siendo central dado que un redu- cido número de Estados dominantes se arroga el poder de gobernar la economía global y de controlar los flujos culturales por intermedio de una especie de dirección aristocrática. Esta aristocracia de naciones se manifiesta claramente cuando aquellas que forman el G8 se reúnen o cuando el consejo de s eguridad de la ONU ejerce su autoridad. Las principales fi r mas transnacionales, ya sea que cooperen o que compitan en- tre ellas, constituyen igualmente una forma de aristocracia.

Finalmente el Imperio es también democrático dado que pretende representar al conjunto de los pueblos aunque, co- mo lo veremos, esta pretensión sea en gran medida ilusoria. El conjunto de los Estados-nación, tanto los dominantes como los subordinados, cumple un papel central en este senti- do en la medida que su función es la de representar a sus pueblos. La asamblea general de las Naciones Unidas es sin duda el símbolo más elocuente de esta democracia de las naciones. Si bien afirmamos que en realidad los Estados-nación no representan adecuadamente a sus pueblos, aún así podríamos considerar a las organizaciones no gubernamentales como instituciones democráticas o representativas. El funcionamiento de diversos tipos de ONG es una cuestión compleja que no podemos tratar aquí. En resumen, el Imperio es un sujeto soberano único que incluye en su lógica las tres formas y los tres niveles clásicos de dirección. En otras palabras, es una forma distintiva de soberanía capaz de incluir y de procesar su diferencia en su propia constitución.

Desde un punto de vista político e institucional, la soberanía imperial se opone a la propia noción de soberanía popular, hasta negarla. Consideremos por ejemplo el funcionamiento de instituciones económicas supranacionales como el Banco Mundial, el FMI y la OMC. En gran medida las condiciones exigidas por estas instituciones quitan a los Estados-nación el control de las decisiones económicas y sociales. No sólo las naciones subordinadas sino también las naciones dominantes son sometidas de forma creciente al reino de estas instituciones que no representan al pueblo sino únicamente en el sentido más distante y abstracto –ya que los países designan aún sus representantes en estas ins - tituciones. Al considerar su funcionamiento, constatamos un “déficit democrático”. Esto no es azaroso. Estas instituciones sólo pueden funcionar al margen de mecanismos de representación popular.


Michael Hardt y Tony Negri.

(Gracias Ana)

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