La resignación cómo suicidio cotidiano

El mundo moderno es raro. Nunca estamos del todo agusto con lo que tenemos. El sistema nos eseña a medrar, a triunfar, a perseguir metas, y una vez que las alcanzamos o la vemos cerca, perdemos el entusiasmo y buscamos otra meta, otro sueño imposible que perseguir.
El trabajo, la casa, el coche, hasta la pareja (o sobre todo ella) son las metas que acaban por saturarnos. Creamos un hogar, incluso una familia, y un buen día se acabó. Ya no es interesante. Todo al carajo y a empezar de nuevo pero cargado de odio hacia lo que la ley no te permite dejar atrás: pensiones alimenticias, juicios de custodia, hipotecas que pagas y no disfrutas. Te has ido, pero no sabes adónde ni si ha merecido la pena. Asumes el riesgo de un mayor fracaso. Nadie quiere besar la lona. Por eso hay muchos que sucumben a la comodidad y prefieren quedarse ahí, a medio camino entre lo que tienen y lo que realmente les gustaría lograr. Se resignan a seguir aguantando a una persona que no les llena para evitarse los líos de la separación. Eso se llama resignación.

Fructuoso Rodriguez
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